MÁS POPULAR DEL BLOG

RELATO Nº34 --DE TU ALMA A LA ETERNIDAD--

CASO Nº 528501: Susan y Sara Clark, 7 de Diciembre de 1961

 

                                                                                                                Foto: Joane Adela Low.

 

Aquí tienen el segundo relato de estos fabulosos Spin off del detective más famoso de Chicago. Espero que les guste. muchas gracias por leerme.

 

 

 

 

 

 

 

CASO Nº 528501:  Sara Clark, 07DEC1961:



  Le tengo miedo al reloj, las veintiuna-cero-cero. Hora límite. Mi Packard me lleva todo lo rápido que se puede ir por Chicago en hora punta.  Intento atajar por Remington street hacia el norte, sin suerte. He de darme prisa, o ese malnacido de Frank Costello acabará con ella. Hijo de perra italiano, intenta vengarse de mí por mandarlo a chirona. Incluso desde Alcatraz es peligroso. El muy hijo de perra es más listo de lo que imaginé.  Yo me he comportado como un estúpido novato que pensaba que la cárcel era un lugar mágico donde los criminales desaparecen y no regresan jamás.

  Giro por la Avenida Kensington, le pido al coche un poco más de brío, y responde con un potente rugido de su motor. Ocho cilindros y noventa y cinco pura sangres encerrados bajo el capó. El sonido del Packard acelerando hace que me ponga frenético y cada vez más, desespera este maldito tráfico.

  Sabía que ella me iba a costar caro. Sabía que podían encontrarla. Pero no pude evitarlo. Después de los divorcios, creo que puedo salir con la rubia más exuberante de todo Chicago. Como si eso fuera a salir bien. Ella no debería juntarse con gente como yo. Sólo soy un malnacido más de esta pocilga del medio oeste. El problema es que después de lo de Susan, ella no quiso ir a ningún otro sitio. Con su pasado, el asesinato de su hermana y su vínculo conmigo, sería cuestión de tiempo que los hombres de Costello quisiera terminar el trabajo.

  Cómo le gusta jugar con la gente al sádico hijo de perra.

  Justo antes de terminar la jornada, alguien metió un sobre debajo de la puerta del despacho. No llegué a ver quién fue, se esfumó como la espuma. Al recogerlo vi un sobre sin marcas, sellos, o remitente. Cerré los ojos implorando a Jesucristo que no fuera nada relacionado con Sara. Había una foto suya, manchada de sangre y una hora escrita en uno de los bordes,  “21:00”.  La ira me invadió. Rompí en mil pedazos el sobre y la foto. Me puse la gabardina, comprobé que Clementine estaba lista y miré el gran reloj de pared antes de salir. En veinte minutos, mi mundo se vendrá abajo otra vez.

  Por fin llego a Boulevard Avenue. Piso a fondo y pongo al límite el motor. Giro por Sheffield y tres manzanas más adelante paro. La casa de Sara no esta lejos, a dos manzanas. Pero no iba a hacer una entrada a lo Dick Tracy. Eso sólo pasa en las películas. Me escurro por los callejones cercanos al edificio. Subo por las escaleras de incendio hasta su piso en la segunda planta. Clementine va ahora delante, cualquier hijo de perra lacayo de Frank lo va a pagar caro. Diviso en el pasillo el apartamento 2B; a las mierdas de apartamentos siempre les ponen letras. Aparte de ser unos déspotas desgraciados, esos arquitectos pensarán que no sabemos contar más de los dedos de una mano. Uso mi llave, con sigilo. El apartamento aparece ante mis ojos en perfecto estado; cada mueble colocado en su sitio, no hay ni una mota de polvo fuera de lugar. No me lo esperaba. Ya tenía en la cabeza la imagen de esas dos esmeraldas clavadas en mi memoria, ese recuerdo me perseguirá hasta que el fin de mis días.

  Faltan once minutos, estoy desolado. Vine aquí directo porque Sara siempre me espera a la hora de la cena y me encuentro con esto. Caigo de rodillas, preso de la desesperación preguntándome si habría alguna pista más en el sobre que destrocé antes de salir. De repente siento un fuerte golpe en la cabeza, todo se vuelve gris y confuso. Dos sombras diabólicas es lo último que veo. Son los heraldos de satanás que viene por mi alma. Pagaré la penitencia por mis pecados, por todas las almas que envié al infierno y juré acompañar, por todas la veces que maldije, por no salvar a Susan Clark, por no salvar ahora a Sara.

   Una cascada de agua fría me despierta, no he tenido la suerte de morir aún.

  La fuerte jaqueca no me deja pensar con claridad. Solo veo una cegadora luz. Descubro que  me encuentro atado a una tubería que sobresale del techo. Por el olor, en algún húmedo sótano maloliente y lleno de moho; de esos sótanos dónde uno suele salir con los pies por delante.

  Al poco tiempo, entran dos matones, con pinta de pocos amigos. Sin mediar palabra empiezan usarme como saco de boxeo, un golpe tras otro, hasta que acaban jadeando y paran.

  —Creía que Costello iba a acabar conmigo a la primera de cambio. No pensé que me traerían a un salón de masajes. Hasta mi abuela daría hostias más grandes. Qué bajo ha caído el viejo Frank. ¿Este es todo el poder que tiene ahora? ¿Tan mal le está sentando alcatraz, que sólo se puede permitir a dos aficionados de mierda? Decidle de mi parte…

  Vuelven a llover los golpes, pero siguen callados, no dicen nada. Esta vez me reía en sus puñeteras caras de espaguetis y eso les cabrea más. Esto es a ver quién aguanta más.

  Uno de ellos se retira a una pequeña mesita agotado, coge una botella y empieza a beber mientras jadea de forma efusiva. Es mi oportunidad. Me han traído aquí pensando que soy presa fácil y no me han registrado, lástima que Clementine no está conmigo; eso lo solucionaré más tarde. Mi as en la manga, literalmente, es una pequeña navaja que suelo esconder en el puño de la camisa. Hoy van a aprender lo que Jack Somers hace con los matones bastardos hijos de perra italianos como ellos.

  Aprovecho el momento que el otro también se cansa y me da la espalda. De un navajazo corto las cuerdas. Con un hábil movimiento y casi sin ruido le rajo el cuello al que tengo más cerca. Antes de que pueda reaccionar el que se encontraba bebiendo, le doy un directo en toda la nariz; cae al suelo. Empiezo a golpearle de manera enfermiza. Había olvidado lo placentero que era hundir los nudillos en la cara de estos desgraciados.

  Con sus ropas me limpio la sangre del rostro y las manos. Al acercarme a la mesa veo que lo que estaba bebiendo el pobre infeliz era Jack Daniel’s; tenía buen gusto después de todo. Tomo un gran trago y para templar los nervios, otro. Vi mi viejo revólver en uno de los cajones de la mesita, malditos aficionados. Antes de salir di un último trago y le quito unos pitillos a mis “masajistas”; ellos ya no los necesitarán. Enciendo uno, doy una gran calada antes de salir. Abro la puerta. Ya no me andaré con delicadezas, ahora sólo recurriré Clementine. El 45 habla mejor que yo en estos casos. Hay una largo pasillo oscuro y húmedo. Avanzo con decisión unos buenos metros y se abre una puerta casi al fondo, disparo dos veces; fallo las dos. Oigo  abrirse otra puerta tras de mí. Giro, reduzco silueta y veo salir dos matones más. Al primero lo dejo seco de un disparo en el corazón; no consigo disparar una segunda vez. Me propinan una patada en la mano del revolver que me desarma. Me avalando sobre él. Tras una intensa lucha, cuando estoy acabando con mi oponente, oigo un grito, es Sara. Doy media vuelta y veo a un sucio italiano agarrándola con fuerza con un gran cuchillo de carnicero al cuello:

  —Se acabó polizonte, el señor Costello la quiere para él, dice que disfrutará viéndote sufrir mientras la despedaza viva. Quiere que sufras como está sufriendo él por enviarlo a la trena. ¡Sí! Le sacará las entrañas y no podrás hacer nada,  —ríe jactándose— ¿me oyes? La próxima vez que quieras hacerte el héroe salvando conejitas por la calle, miras para otro lado. Esta ciudad le pertenece al señor Costello y hoy te va a quedar claro. —Me mira desafiante mientras me señala con el gran cuchillo.
 
  Veo mi revólver unos pocos metros frente a mí. El matón con el estaba luchando hace unos instante se incorpora y saca una navaja. No lo pienso dos veces, salto con gran agilidad en busca de Clementine. De un movimiento la agarro y disparo contra el que tiene presa a Sara. Le alcanzo en la pierna. Doy la vuelta y Clementine baila para mí con una belleza casi celestial. El disparo es casi a bocajarro; La cabeza le vuela en mil pedazos. Me levanto como una exhalación y corro los metros que faltan para llegar al matón herido. Lo desarmo y vuelvo a disfrutar golpeándole la cara. Descargo toda mi ira y mi ansiedad con él hasta que el tabique le llega a la garganta.

  Me levanto y quiero abrazarla. Sara llora en el suelo aterrorizada. Deseo acariciarle el cabello y decirle que todo esta bien, que está a salvo. Pero no puedo, me tiembla todo el cuerpo, me siento como si Edison intentara hilar el filamento de su primera bombilla, subido a un monociclo con dos martillos en las manos, en medio de un terremoto de 9,7 en la escala Richter.

  Lo pagarás caro “Franky”.

Comentarios

Publicar un comentario